Domingo 7 de junio de 2020

⏳📖 Leer este texto te llevará entre 4 y 5 minutos. Hoy, por primera vez, no va de NBA ni nada que se le parezca. Es una reflexión en alto, no sé muy bien con qué objetivo.


Hasta el año 2007 la sociedad, optimista en su mayor parte, progresó a nivel económico, tecnológico y social.

El periodo que va desde la crisis de 2007-2008 a 2016 es diferente. Durante esos años el mundo se va dividiendo. Los que se hacen más ricos; los que vuelven a progresar tras el gran bache; los que durante una década no encuentran el camino que sus padres y la sociedad les habían dicho que encontrarían; los que jamás van a volver a estar conformes por la situación social y económica en la que se han quedado. De forma paralela, va creciendo una nueva generación y muchos de ellos solo se preocupan por disfrutar, aparentar y consumir porque es lo que han visto y ven constantemente.

Esas divisiones entre grupos, habituales en toda la historia, se magnifican en la era actual por la aparición de redes sociales y la consiguiente exposición a información, real o no, veinticuatro horas al día.

El periodo 2016-2019 trae el consolidamiento político de nuevos protagonistas que encuentran apoyos en esos diferentes grupos de población insatisfecha y molesta a nivel social o económico. A esa gente no le gusta la realidad en la que vive. (A otros no les gusta la realidad en la que creen vivir ya que lo que tenemos en nuestras pantallas está contaminado por humanos y bots, pero eso da para otro texto). Sin importar la dirección de nuestra mirada a izquierda, derecha o centro, si hace quince años nos hubiesen dado los nombres de ciertas personas que hoy están en los gobiernos e iban a decidir el rumbo de muchos países no lo hubiésemos creído por inverosímil.

La pandemia del coronavirus en 2020 es el punto de inflexión para enrarecer más todo. Decenas de millones de personas en todo el planeta están perdiendo a seres queridos. Decenas de millones están perdiendo sus trabajos o empresas. Cientos de millones viven con miedo a verse afectados de una forma u otra. Miles de millones han pasado unas semanas o meses que no podían prever. Porque nadie podía imaginar que el mundo se iba a detener y que se iba a quedar confinado entre cuatro paredes con el corazón en un puño.

De alguna manera todo eso tendrá que reflejarse en el comportamiento humano a lo largo de los próximos meses o años.

Al menos lo peor de la pandemia ya lo hemos pasado, ¿no? Ya no hay pandemia. ¿O sí la hay? ¿Habrá una segunda ola en unos meses? ¿Funcionará la vacuna? ¿Cuándo se la podrán poner a mis padres o a mis hijos? ¿Cuándo volverán mis hijos al colegio? ¿Cuándo podremos dejar de usar mascarilla? ¿Cuándo voy a poder abrazar y que me abracen? ¿Cuándo vamos a volver a bailar? ¿Cuándo voy a poder ir a un partido de mi equipo favorito? ¿Y a un concierto? ¿Cuándo voy a recuperar el dinero que he perdido en esta época? ¿Cuándo me van a quitar de la nómina el dinero que me toca perder por esta época? ¿Me despedirán? ¿Resistirá mi empresa? ¿Podré pagar a mis empleados? ¿Mi superior quiere despedirme? ¿Podré irme de vacaciones? ¿Tendré dinero suficiente para pagar el alquiler o la hipoteca? ¿Cuándo va a desaparecer el coronavirus?

De esta no salimos más fuertes. Ni en España ni en ningún sitio. Muchos salimos dañados a nivel moral, psíquico, económico, laboral, social y afectivo. Salimos sin estabilidad emocional, sin certezas ni siquiera de cuándo podremos divertirnos como antes lo hacíamos.

Me resulta tan claro lo que cuento en las líneas anteriores que parece imprescindible trabajar en eso que hemos postergado siempre: aprender a vivir el presente. Si el pasado nunca volverá y el futuro se ve difuso, solo nos queda el día de hoy. En realidad es lo único que hemos tenido siempre, pero una y otra vez lo olvidamos y preferimos marcharnos a un futuro positivo o negativo. O perdernos en ese pasado que muchas veces recordamos mejor o peor de lo que fue.

Alguien que no conozco personalmente me envió esto hace unas semanas:

Lo que a mí me ayudó fue el descubrimiento de "Dē rērum natūra" (La naturaleza de las cosas), en resumen, nos dice que para luchar contra la oscuridad no es necesario esperar la luz sino aceptar la oscuridad y ser feliz con ello.

Esto también lo podemos extrapolarlo a esta crisis, no podemos estar esperando el final de la epidemia sino intentar ser feliz día a día, porque no sabemos cuánto tiempo queda. Hay sociedades que son un ejemplo de resiliencia, como la de Afganistán que llevan 30 años de guerra.

Fernando Savater invita a atreverse a pensar “lo peor”. “Eso no significa pensar dramáticamente. En la naturaleza no hay drama, el drama lo ponemos nosotros” aclara. “Lo que quiero decir es que hay que aprender a vivir por encima del drama. Como decía George Santayana (1863-1952): ‘Vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático’. Lo explica también el francés Clément Rosset (1939-2018) en su Lógica de lo peor. Puede que su pensamiento nos parezca cruel, pues no ofrece consuelo, pero en realidad proclama la alegría como fuerza mayor”.

Es el momento de que todos nos los recordemos a diario. En teoría entramos en una época oscura por la ausencia de certezas (¿o es mi sesgo el que hace presencia en esa predicción?), pero la realidad es que el futuro no existe si no pensamos en él.

Vivamos el presente.

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(Fotografía de Jessica Lewis en Unsplash)