Jerry Sloan: el arte moribundo de la perseverancia

Su legado no entiende de Párkinson.

El baloncesto siempre ha sido lo más importante en la vida de Jerry Sloan. Su inseparable compañero durante más de cinco décadas. Una suerte de consuelo y edén del reposo, dentro de una particular existencia más próxima a la tragedia que al éxito. Comió de ambos platos. Aunque, eso sí, de uno más que del otro. Y demasiado pronto.

Con tan solo cuatro años, el pequeño Gerald Eugene sufrió la pérdida de su padre. Dicen que un niño nunca se convierte en adulto hasta que su padre muere y él se vio obligado a ‘quemar’ varias etapas de forma súbita. Una bofetada que marcó su futuro y lo convirtió en hombre antes de tiempo. En ese hombre tenaz y enérgico, cualidades que marcaron su futuro en el baloncesto. Como jugador y como entrenador. Su madre tuvo que trabajar de forma incansable durante jornadas maratonianas para alimentarlo a él y a sus nueve hermanos. Estaba solo, así que decidió que debía construirse a sí mismo si quería llegar a ser alguien en la vida. La misma vida que le sería arrebatada, décadas después, a su mujer y amor desde la adolescencia tras una lucha de seis años contra el cáncer.

“Tienes que aprender a lidiar con los problemas que surgen en tu vida desde el primer día”, declaró Sloan en abril de 2009, días después del fallecimiento de su hermano Buck. “Mi padre falleció cuando yo tenía 4 años. Sabes que esas cosas van a suceder en el futuro. Cosas que no nos gustan. Pero hay mucho que aprender de eso. He aprendido más en esos momentos sobre lo que sucede y cómo se desarrollan las cosas en la vida.”

"Me despidieron —como entrenador de los Chicago Bulls—. Perdí a mi esposa. Pero sabes que tienes que seguir con tu vida. En todas esas cosas hay algo positivo. Te hace trabajar un poco más duro y te hace apreciar lo que tienes un poco más.”

Fue en la Ciudad del Viento donde se labró un nombre como jugador. The Original Bull, como sería apodado, fruto de una disciplina defensiva y una intensidad sobre la pista casi enfermizas. Era el primero en llegar, con horas de antelación, al pabellón, hubiera entrenamiento o partido. Como también había sido, durante años, el primero en despertar cada mañana en torno a las 4:30 para cumplir con los quehaceres en la granja familiar antes de caminar casi tres kilómetros para entrenar su lanzamiento e ir a clases.

No era un gran anotador, pero fue capaz de sumar más de 15 puntos por noche en cinco de sus primeras seis temporadas con los Bulls. No era muy alto, pero se pegaba cada noche con los pívots rivales para registrar los 7,4 rebotes de media con los que concluyó su carrera. No era especialmente rápido, mas se convirtió en una auténtica pesadilla para los rivales. “No tenía la habilidad de los tipos contra los que me enfrentaba, así que tenía que trabajar el doble para permanecer en la pista ante ellos”. Trabajo, esfuerzo, sacrificio, constancia. Palabras que conocía e hizo suyas perfectamente. Unos valores que se grabaron con fuego en el Chicago Stadium, donde su camiseta fue la primera en ser colgada por la franquicia de Illinois. Michael Jordan es el rey de Chicago. Pero fue Sloan el que sentó las bases y ayudó a construir el trono que el otro posteriormente terminaría reclamando para sí.

De jugador a técnico

Cinco días. Un pequeño fragmento de tiempo que, sin embargo, pudo servir para que nunca llegara a nuestros oídos el nombre de Jerry Sloan. O, al menos, de la manera que lo hacemos ahora. Cinco días tardó en dimitir como entrenador jefe del equipo de la Universidad de Evansville. Había jugado para los Purple Ace’s, a quienes había liderado a dos campeonatos de la NCAA II, pero su corazón estaba en los Bulls, donde le habían ofrecido un cargo de scout después de que una lesión acabara prematuramente con su carrera. Esa misma campaña, la plantilla y cuerpo técnico de Evansville fallecería en un trágico accidente aéreo.

No sería muy fructífera su etapa coach en Chicago. Ascendería rápidamente al puesto de entrenador jefe, sin demasiada suerte (94-121). Nadie era insustituible y eso Sloan lo sabía muy bien. No tardarían en posar sus ojos sobre él desde Salt Lake City. Frank Layden abandonaba el sudor competitivo de los vestuarios para sumergirse exclusivamente en el ajetreo y el papeleo de los despachos y no quería a otro que no fuera él como reemplazo. Un amor a primera vista. Otro más, que se prolongaría hasta horizontes inesperados.

La sangre de Sloan fluye profundamente por cada una de las arterias de los Jazz, desde donde brotan todos los éxitos cosechados por la organización. El técnico es una de las cuatro figuras más importantes en la historia de la franquicia de Salt Lake City junto a John Stockton, Karl Malone y el histórico propietario Larry Miller. Durante más de dos décadas, trabajó de forma incansable en la creación de una filosofía y cultura propia, adaptada a las propias necesidades —y carencias— de un destino que, por otro lado, supo identificar con una clara premisa: trabajo y más trabajo. O, lo que es lo mismo, sin Jerry Sloan no existiría la actual versión moderna de los Jazz.

La forma en que Sloan dirigió el equipo puede ser considerado un arte moribundo, casi extinto. El último verso escrito con tinta y caligrafía de otra época. Durante mucho tiempo, la diferencia entre los Jazz y el resto de la NBA fue Jerry Sloan. Utah, uno de los mercados menos atractivos y complacientes para el talento de perfil alto. Sin poder, capacidad ni influencias suficientes para ello, la búsqueda del de McLeansboro siguió una sencilla regla: “Jugará para mí quien trabaje duro”.

No importaba cuánto dinero ganaba o su reputación previa antes de aterrizar en Salt Lake City. Quería gladiadores dispuestos a entregar hasta el último ápice de sus energías en virtud del equipo. Y de ganar. Porque no había ni una sola noche en la que Sloan no quisiera ganar. Y hacía todo lo posible —incluido sus más que conocidos intercambios verbales poco amistosos con los árbitros— para sacar el máximo partido de sus jugadores.

En una época bastante extensa plagada de estrellas —cito, entre tantas otras, las siguientes: Magic Johnson, Larry Bird, Michael Jordan, Isiah Thomas, Dominique Wilkins, Hakeem Olajuwon, Tim Duncan, Kobe Bryant, LeBron James, Allen Iverson,…—, él convirtió en virtud las palabras ‘guerrero’ y ‘equipo’. Nombres como John Stockton, Karl Malone, Jeff Hornacek, Carlos Boozer y Mehmet Okür se adaptaban mucho mejor a su ideal de baloncesto. Otros, como Byron Russell, Paul Millsap, Kyle Korver, Andrei Kirilenko o Howard Eisley, sufrieron mucho más para ver incrementada su cartera de minutos. Una recompensa que terminó llegando.

Su inflexibilidad, su dureza y su determinación obstinada, casi enfermiza, posiblemente, sin embargo, coartaron el crecimiento de más de un jugador durante su mandato. Ser un rookie no era una papeleta nada fácil si caías en manos de Sloan. Cuando eres muy bueno forjando herramientas, todo el mundo comienza a parecer el mismo tipo de metal y el técnico no dudaba en moldear a todos sus jugadores bajo el mismo patrón. El resultado de su trabajo rozó la gloria del Olimpo, pero se tropezó con una obra perfecta.

Más de mil victorias bañadas por sendas Finales en las que Chicago, su primer amor, rompería la magia y evitaría el idilio por partida doble, al son de la figura de Michael Jordan. Houston, Los Ángeles y Portland también actuarían como verdugos en varias Finales de Conferencia, confirmando la capitulación del grupo.

A pesar de todo su fuego competitivo, la furia de sus palabras y gestos, sus sofocos y su excesiva exaltación, también era consciente de que el juego del baloncesto era tan solo eso. Un juego, del que ser partícipe pero del que nunca exigir el papel de actor protagonista. No le importaron los premios —aunque la NBA fue injusta con él al no entregarle jamás la distinción al Entrenador del Año— ni los elogios. Ni nunca quiso ser el foco principal ante las cámaras. Después de su victoria número mil como entrenador, la multitud presente en el EnergySolutions Arena estalló en júbilo y comenzó a corear su nombre. La respuesta de Jerry fue sencilla y evasiva, con un ligero movimiento de manos que invitaba a alejar la atención de su figura y volver a fijarse en el duelo, donde residía lo categórico.

La despedida

Un hermetismo tan fuerte que seguramente, exagerando un poco la connotación, nos llevaría a la siguiente afirmación: ni el propio Jerry Sloan supo nunca qué decir sobre Jerry Sloan. Probablemente se ha definido siempre como aquel joven granjero de McLeansboro que sudó hasta su último aliento por los suyos. Como hizo en Utah. Hasta 2011.

En febrero de aquel año, el técnico dimitía tras una derrota ante los Bulls. Un nuevo punto de inflexión en su vida dibujado sobre el fondo de la ciudad de Chicago. El por qué de su marcha es sabido por todos, no así el dolor tras su partida.

"Veintitrés años es mucho tiempo formando parte de una organización. Mi tiempo se ha agotado y es hora de marcharme. Hay que tener mucha energía, y mi nivel de energía había caído ya un poco. Sabía que sería difícil decir adiós, pero no tanto”.

No tardarían en sucederse las reacciones, una tras otra, en el seno de la NBA, siendo la más emotiva y representativa la procedente de lo más alto de la estructura de la liga por parte de David Stern:

“Pocas personas han personificado todos los aspectos positivos de los deportes de equipo como lo ha hecho Jerry Sloan. Jerry, un jugador de baloncesto, fue tan implacable en su voluntad de ganar para los Jazz de Utah como lo fue como All-Star para los Chicago Bulls. En más de dos décadas como entrenador, enseñó a sus jugadores que nada era más importante que el equipo. Sus cualidades más impresionantes fueron su liderazgo y su extraordinaria habilidad para alentar a sus jugadores a subyugar sus juegos individuales en beneficio del conjunto. Dos viajes a las Finales y más de 1.200 victorias de temporada regular validan su filosofía. Jerry se mueve al haberse establecido como uno de los entrenadores más grandes y respetados en la historia de la NBA”.

Y no solo eso. Jerry Sloan se ha convertido en un auténtico ídolo y leyenda para los aficionados de Utah. Muchos de ellos lo son porque, hace 30 años, Frank Layden decidió que él sería su relevo. La consistencia y profesionalidad de Sloan fue un imán insoslayable en el mundo NBA.

Ahora, la llama de Sloan está muy cerca de apagarse. En abril de 2016, el técnico, acompañado de su segunda esposa Tammy, abrió las puertas de su hogar en Riverton para anunciar la tragedia: sufría Parkinson y Demencia con cuerpos de Lewy. En la misma entrevista, realizada de forma exclusiva para el Salt Lake Tribune, Sloan reconoció que había sido diagnosticado con ambas patologías en otoño de 2015. El avance tan evidente de los síntomas había comenzado a rebasar la barrera de lo privado, obligándolo a informar de su situación al mundo.

“No quiero que la gente se sienta mal por mí”, fue su petición nada más anunciar su enfermedad. Como en tantas ocasiones a lo largo de su vida, entendió este contratiempo como una piedra más en el camino que debía superar, sin lamentaciones ni derrotismo. Con sus altos y sus bajos, prosiguió su rutina de ejercicio caminando seis kilómetros diarios, además de asistir a todos los partidos como local de los Jazz que le fueran posible. Hasta esta temporada. 

El pasado mes de julio, una nueva actualización sobre su salud hizo presagiar lo peor. “Se está muriendo”, fueron las palabras que publicó, nuevamente, el Salt Lake Tribune directamente desde una persona cercana a su entorno más íntimo. Paralelamente, una iniciativa encabezada por un aficionado de los Jazz, Chad Crowell, solicitó la construcción de una estatua en su honor en las inmediaciones del Vivint Smart Home Arena, pabellón en el que dejará un vacío irremplazable.

El que fuera considerado padre de la actual cultura baloncestística en Utah se encuentra actualmente en un estado físico y mental muy delicado, precisando de atención durante las 24 horas del día. Hay momentos en los que Jerry es completamente consciente de quién es y todo lo logrado a lo largo de su tumultuosa y frenética vida. En otros, cada vez más habituales, sus recuerdos han dado paso a un pozo, sin fondo, cada vez más oscuro.

No obstante, su memoria y su legado quedarán escritos para siempre con letras doradas en el libro de leyendas de la NBA.