La construcción de los mejores Bulls

Los Bulls 1995-98 (I).

Michael Jordan estaba furioso. “Cuando deje el baloncesto lo haré en la cúspide. No quiero irme cuando mis pies estén lentos, cuando mis manos no sean rápidas o mi puntería no esté fina. No quiero que la gente me recuerde así. Quiero que me recuerden jugando como lo hago ahora”, había dicho en 1992. Poco después se marcharía, exhausto por tantos esfuerzos y hundido tras la muerte de su padre para probar fortuna en el béisbol. Finalmente había roto su promesa de “no volver”, pero había fallado a sus aficionados. Sus pies no reaccionaron a tiempo y sus manos no habían sido lo suficientemente rápidas para evitar el robo de Nick Anderson. “No se parece al antiguo Jordan. El número ‘45’ no impresiona como lo había hecho el ‘23’”, declararía el protagonista de aquel robo.

Los Magic acababan de eliminar en seis partidos a Chicago en las Semifinales de Conferencia de 1995. Mientras su ex-compañero y socio en los Bulls del primer ‘Three-Peat’, Horace Grant, celebraba el triunfo con su nueva familia de Orlando, Jordan lo miraba en silencio, tramando minuciosamente su plan de venganza. Veinte años más tarde, un Anderson más viejo y sabio admitió el carácter explosivo de sus declaraciones: “No eches gasolina al fuego.” Pero ya era demasiado tarde.

Jordan dedicó todo el verano a trabajar su cuerpo y su mente, priorizando su preparación para la siguiente temporada por encima de cualquier otra cosa. Aquella dura derrota ante los Magic se había clavado en su interior como un puñal y las palabras de Nick Anderson se repetían en su cabeza una y otra vez. Tampoco olvidaba aquella portada de la revista Sports Illustrated de marzo de 1994 en la que los editores se mofaban de su experiencia en el béisbol.

Así, no se lo pensó dos veces en añadir una cláusula inamovible en su contrato con la Warner Bros. Si, cumpliría sus obligaciones como actor principal de la película Space Jam siempre y cuando se le construyera una pista de entrenamiento con gimnasio en las propias instalaciones. “Llamé a mi agente [David Falk] y le dije que no había ninguna posibilidad de rodar la película a no ser que pudiera entrenar en los estudios de la Warner”. En primera instancia, la Warner Bros se planteó buscar un gimnasio cercano, pero finalmente se optó por crear una instalación permanente.Una estructura creada, exclusivamente, para aquel fin. Disponía de todo lo necesario: una cancha de baloncesto, un área de entretenimiento con una pantalla gigante de TV y unos vestuarios con duchas. El plan había dado comienzo.

Aires de renovación

En la plantilla se habían producido cambios importantes desde la retirada de Jordan. La temporada 1994-95 presentó novedades sustanciales. Como comentábamos hace un par de líneas, Horace Grant había hecho las maletas rumbo a la cálida Florida para unirse al prometedor proyecto liderado por Shaquille O’Neal y Penny Hardaway. “De haber permanecido Jordan en Chicago habríamos tenido grandes posibilidades de poder ganar algún anillo más, por lo que tal vez hubiese valorado la idea de no separarme de Pippen, mi mejor amigo en los Bulls, y haber intentado otro asalto al campeonato juntos”, explicó Grant en una entrevista realizada por nuestro compañero Elio Martínez hace unos años. Paralelamente, John Paxson había colgado las botas y Bill Cartwright seguía el mismo camino a sus 37 años, buscando un último destino más apacible para su maltrecho cuerpo en Seattle al cobijo de Shawn Kemp y Gary Payton.

Ron Harper aterrizó en Chicago para mitigar la estampida general y Toni Kukoc se vio obligado a actuar como ‘4’, acompañado en la pintura por Will Perdue, un perfil muy inferior al de Horace Grant. La presencia de Luc Longley, un jugador cumplidor, no era suficiente para paliar la sangría y el equipo lo pagó caro.

El 18 de marzo de 1995, Jordan enviaba el fax más conocido de la historia del deporte“I’m back”, recogía aquel escueto papel a través del cual avisaba a los John Stockton, Karl Malone, Charles Barkley, Pat Ewing, Shawn Kemp y compañía que nunca iban a poder abandonar la generación huérfana de títulos de la que Olajuwon y Drexler habían escapado por los pelos. Sin embargo, aún con su presencia, aquellos Bulls no estaban preparados para hacer frente a los potentes juegos interiores de la Conferencia Este, tal y como quedaría demostrado en la eliminatoria ante los Magic. His Airness nunca más volvería a claudicar en una serie por el título.

La última pieza

“Mi trabajo era hacer todo lo posible para ganar”. Jim Krause, general manager de los Bulls, no pensaba en otra cosa: en ganar. Tras el regreso de Michael Jordan se le presentaba una nueva oportunidad de demostrar su valía y devolver a los Bulls a lo más alto de la NBA. Por eso se había citado en su despacho con Phil Jackson, el otro gran arquitecto externo de la dinastía. “Phil y yo hablamos serenamente sobre ello. Hicimos nuestros deberes y descubrimos muchas cosas. Estamos satisfechos”. Porque lo que tenían entre manos era un movimiento muy ambicioso, pero con un riesgo muy alto.

Dennis Rodman había completado una temporada en San Antonio en la que sus casi 17 rebotes por temporada habían quedado ampliamente ensombrecidos por sus constantes faltas de disciplina y sus numerosas suspensiones por insubordinaciones. Una serie de escándalos que habían colmado la paciencia de Gregg Popovich, con quien le unía una relación tormentosa. El gerente general de los Spurs quería librarse de él y la oferta procedente de Chicago golpeó su puerta como un canto de sirenas. Rodman fue enviado a Texas a cambio de Will Purdue y los derechos de Larry Kristkowiak. Una operación que recibió el visto bueno por parte de Michael Jordan y Scottie Pippen, pero que supuso un insulto para el orgullo de Rodman por la contrapartida recibida. “Fue sorprendente que yo acabara Chicago. Me dije ‘¿Chicago?, ¿cómo diablos se ha hecho Chicago con mis derechos?’. Fue a través de un traspaso con Will Perdue. ¡Por Will Perdue! Por favor. Me parecía irreal. Yo era probablemente el mejor reboteador del planeta y me sentí menospreciado al ser intercambiado por Perdue”. Igual de ácido y directo fue Popovich. “Estuvimos sin él muchos partidos el año pasado, así que no notaremos la diferencia.” Pero lo importante es que en Chicago habían encontrado al referente interior que tanto anhelaban. Y a un precio irrisorio.

No obstante, Rodman no estaba incluido, en primera instancia, en la lista de prioridades de Krause y Jackson. Al técnico le gustaba mucho Derrick Coleman, recientemente elegido All-Star con los Nets, pero su contrato imposibilitaba cualquier tipo de operación. El carácter volátil y controvertido de aquella impredecible mente teñida de infinitos colores se unía a las rencillas que él mismo había tenido con las estrellas de los Bulls durante su estancia en Detroit. Una rivalidad deportiva que, en alguno de sus intensos duelos contra los Pistons, llegó incluso a las manos. Krause temía la existencia de rencores que pudiera dinamitar la química del vestuario. Pese a todo, todos estuvieron de acuerdo en la necesidad de la operación si querían volver a luchar por el campeonato. Una cena en casa de Krause en la que estuvieron presentes los tres jugadores terminó por limar las asperezas. Dennis Rodman sería jugador de los Bulls.

Una filosofía compartida por todos

Otro de los temores latentes giraba en torno a la asimilación de un sistema de juego tan complejo como el triángulo ofensivo, propuesto por muchos pero tan poco explotado de forma positiva.

Una de las grandes conquistas colectiva de aquellos Bulls fue la capacidad de innovar los pilares sobre los que se había erigido la NBA hasta entonces. Los grandes campeones en la historia de la liga habían compartido un denominador común: un pívot dominante y una computadora infalible en el puesto de base. En Chicago rompieron con el guión escrito y confeccionaron un sistema planetario en el que todos los elementos giraban rítmicamente sobre el astro Jordan. El triángulo había sido creado por Sam Barry durante sus años en la Universidad de Southern California. Tex Winter lo desarrolló hasta límites insospechados en Kansas City y Bill Fitch le enseño sus entresijos a Phil Jackson en los años en los que este último defendió la camiseta de los Fighting Hawks de la Universidad de Dakota del Norte. Ambos, Jackson y Winter, unificaron sus conocimientos y metodologías alrededor de un equipo que explotó mejor que nunca el sistema, creado en un primer momento para combatir las llamadas Jordan Rules de los Bad Boys de Chuck Daily.

La estructura de los Bulls se asentó siempre sobre una misma lista de exigencias. En primer lugar, el dúo estelar Jordan y Pippen. Alrededor de ellos, buenos tiradores, veloces y capaces de jugar sin balón (Steve Kerr, John Paxon y B.J. Armstrong). En la pintura, el sistema bebía de ala-pívots duros en defensa y productivos en el rebote, mientras que el puesto de ‘5’ debía ser ocupado por pívots capaces de generar juego, distribuir la pelota hacia afuera y lidiar con un ritmo bajo, pero constante, de anotación. En este punto, Rodman, quien ya había sufrido en sus propias carnes los primeros éxitos del triángulo, conectó rápidamente en su nuevo destino. “Es injusto definirlo como un jugador unidimensional”, afirmó en su momento Kerr sobre The Worm. “Asimiló las nociones del triángulo ofensivo mucho antes de lo que todos nos imaginábamos. Incluso pienso que no anotaba más a propósito. Su hoja de estadísticas favorita era 2 puntos y 21 rebotes. Rodman quería ser diferente.”

Era hora de demostrar en la cancha lo que, a priori, funcionaba sobre el papel.

(Fotografía de portada: Jonathan Daniel /Allsport)


Este primer episodio de la construcción de los Bulls tricampeones entre 1996 y 1998 ha sido publicado en abierto en nbamaniacs.com y Extra nbamaniacs. Las siguientes entregas irán publicadas solo para suscriptores de Extra nbamaniacs, así que si no eres suscriptor, no te quieres perder las siguientes entregas y quieres formar parte de Extra nbamaniacs para entretenerte y apoyar nuestro proyecto en estos momentos oscuros, hazte suscriptor.

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