La obra maestra de Jack McCloskey, los ‘Bad Boys’

“Nadie en este negocio cierra una operación movido por el pánico”. Unas declaraciones ciertas, legítimas e inamovibles. Cerradas a cualquier tipo de interpretación si su autor es Jack McCloskey. Durante sus 12 temporadas fue el arquitecto de un proyecto capaz de jubilar el binomio Lakers-Celtics de la época, de contener las primeras embestidas de los Bulls de Michael Jordan y de ganarse, por igual, el respeto y el odio de rivales y aficionados. Durante su estancia en Detroit, nada se hacía sin que previamente hubiera pasado por él. Y no le temblaba el pulso si, para ganar, tenía que deshacerse de alguna de las vacas sagradas del equipo.

Tan solo dos meses después de sentarse en su nuevo despacho ya había traspasado a la máxima estrella y leyenda de la franquicia. “Realmente no supuso ningún problema para mí hacerlo.” Años más tarde se deshacía de su máximo anotador en plena temporada después de que protagonizara varios enfrentamientos con el entrenador y los pesos pesados del equipo. “Nuestra química no era buena.”

McCloskey, contratado  el 11 de diciembre de 1979 para concluir la breve e improductiva experiencia ejecutiva de Bill Davidson, cerró una etapa en la historia de los Pistons al intercambiar a Bob Lanier —por aquel entonces máximo anotador de todos los tiempos de la franquicia— a Milwaukee a cambio de Kent Benson y una primera ronda que terminaría transformándose en Larry Drew. Nueve años después, Adrian Dantley acababa con la paciencia del general manager y era traspasado a Dallas por otro alero cargado de puntos, Mark Aguirre.

Entre ambos acuerdos, McCloskey transformó el perenne rendimiento del equipo en un auténtico fenómeno de masas, amado por los aficionados y aborrecido por los rivales. El odio que despertó en la competición no le afectó lo más mínimo. Era un hombre con una gran confianza en sí mismo. En su interior ardía un hambre insaciable por competir y ganar en el escenario deportivo más grande. Estaba preparado para el reto. Era un hombre duro. Bajo sus órdenes en calidad de teniente, miles de soldados estadounidenses habían desembarcado en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Manejar una franquicia no supondría mayores problemas. Ni bajas humanas.

Esa experiencia previa le ayudó a soportar las pesadillas sufridas en Boston y Los Ángeles, en aquellas eliminatorias de 1987 y 1988 en la que la victoria se esfumó cuando la rozaban con los dedos. Ambas decepciones sirvieron como combustible para resarcirse con los campeonatos consecutivos de 1989 y 1990. En el primero, destrozó a Celtics y Lakers con un sweep. Para conquistar la cima, McCloskey tuvo que trabajar incansablemente durante un ascenso que se prolongó durante nueve largos años repletos de obstáculos, aprendizaje y decisiones difíciles.

Primeros movimientos: Isiah Thomas y el nacimiento de ‘Trader Jack’

Sus dos años como head coach en Portland (entre 1972 y 1974) borraban de su nombre cualquier acusación de inexperto o novel en la materia. Pero si era un extraño en Detroit, lo que, paradójicamente, lo convertía en la persona perfecta para emprender la reconstrucción. No tenía ningún tipo de lazo o vínculo con la franquicia, por lo que empapelar a Lanier rumbo a Milwaukee no supuso ningún quebradero de cabeza. “Bob estaba envejeciendo y tenía algunos achaques”, recordó McCloskey en una entrevista para la NBA. “No fue un gran problema traspasarlo porque a cambio conseguíamos un jugador joven y una selección de draft. Con Bob Lanier no íbamos a ganar demasiados partidos.”

La revolución había dado comienzo. Él mismo sería el arquitecto de la estructura pero necesitaba un líder que aplicara su filosofía y su ideario sobre la cancha. No necesitó leer demasiados informes para concluir que Isiah Thomas, un diminuto base que había liderado a la Universidad de Indiana al título de la NCAA, era el hombre perfecto para el puesto. Lo seguía desde hacía tiempo. “Lo vi jugar en la universidad. Sus cualidades de liderazgo eran inmensas.” Los Pistons no dudaron ni un segundo en seleccionarlo en la segunda posición del draft de 1981, por detrás de Mark Aguirre. Aquel 9 de junio, McCloskey también reclutaría a Kelly Tripucka, anotador compulsivo formado en Notre Dame. Ambos jugadores disputarían el All-Star Game en su primera temporada en la liga.

Los Pistons presentaban un balance positivo de 7-4 cuando McCloskey vislumbró una nueva oportunidad para reforzar el roster. Le gustaba mucho Vinnie Johnson, quien había perdido importancia en el sistema de Lenny Wilkens. El teléfono de Zollie Volchok, GM de los Supersonics, no tardó en sonar. “Vinnie era un tipo que desde la universidad demostró que era un gran anotador. Siempre pensé que alguien así saliendo desde el banquillo sería muy productivo para nosotros.” Durante las siguientes nueve temporadas, Johnson se erigiría como el sexto hombre por excelencia y ‘microondas’ de aquellos Pistons.

Tres meses después, Jack McCloskey hizo honor a su apodo “Trader Jack” y no dejó pasar la oportunidad de amenizar el mercado un poco más. Minutos antes de la medianoche del 16 de febrero de 1982, el gerente adquirió desde Cleveland a Kenny Carr, quien apenas disputó 28 partidos con los Pistons. Con él llegó Bill Laimbeer, miembro honorífico del selecto club de los ‘Estopa Mix’, quien vistió la camiseta de la Motor City en más de mil ocasiones. “Es lo único que busco cuando ojeo jugadores, que sean competitivos. Nuestro equipo terminó siendo uno de los equipos más competitivos que ha existido”, declararía orgulloso el ya fallecido ejecutivo.

Las nuevas piezas del puzzle terminarían la temporada con un récord de 39-43. Un año después, tan solo 37 victorias recogería el casillero del equipo. Isiah y Laimbeer estuvieron presentes en la cita de las estrella de Los Ángeles y Tripucka terminó de explotar para convertirse en el máximo anotador de la temporada. Anotar no era, pues, el problema, sino la incapacidad de frenar los ataques rivales. Así, McCloskey despidió a Scotty Robertson y comenzó a buscar un técnico que pudiera representar sobre la pista lo que él tanto había esquematizado en su mente. Un engranaje con el que hacer funcionar la maquinaria colectiva que sería conocida bajo el pseudónimo de ‘Bad Boys’.

Chuck Daly, la defensa y los Bad Boys

Chuck Daly había finalizado su breve etapa en Cleveland con un muy mal sabor de boca (9-32). Su vocación defensiva, sin embargo, conquistó a McCloskey. “Sabía que su actitud y su presencia serían idóneos para un equipo tan intensivo y competitivo como el nuestro. Era una buena opción.”

Bajo la dirección de Daly, los Pistons adoptaron una nueva filosofía defensiva. La idea era que el equipo defendiera en toda la cancha. Quería dificultar el ataque del rival desde el primer pase, el primer bote, el primer desplazamiento. Con y sin balón. Hasta ese momento, la mayoría de los equipos de la NBA limitaban su defensa dentro de sus propios dominios, permitiendo la organización de los ataques, los ajustes y el juego en estático. Como se suele decir, un pacto de caballeros: no había ninguna regla escrita que lo recogiera pero la tendencia general era la de permitir superar la línea de medio campo sin oponer resistencia. Pero aquellos Pistons habían sido creados para romper las normas y establecer la misma anarquía que reinaba en las calles de Chicago en las que Isiah había forjado su carácter venenoso y provocativo.

Aquellos Pistons presionaban, asfixiaban y atacaban como ningún otro equipo había hecho hasta el momento. Muchas veces rozando —y superando, ampliamente— los límites legales del reglamentario. Así, se ganaron la reputación de ser “sucios” y “violentos”. Si bien nunca lideraron la liga en faltas personales ni en faltas técnicas, sí que lo hicieron en otros apartados estadísticos no recogidos por la competición como “codazos en un costado”, “manotazos en los brazos” y “penetraciones neutralizadas por la fuerza.” Pronto, Isiah y sus compañeros se ganaron la fama como el equipo más odiado de la NBA. Algo que poco, o más bien nada, les importaba. “Los que dicen que somos unos matones me pueden besar el culo”, declararía John Salley.

Daly guió a la misma plantilla de las 37 victorias a un récord de 49-33 un año después (1983-84), quedándose a apenas una victoria del título de la División Central. Los Pistons regresaban a los playoffs tras seis años de ausencia. Isiah Thomas se establecía como una de las grandes estrellas de la liga y ganaba su primer premio al MVP del All-Star Game. El equipo transmitía una identidad. Había motivos para ser optimistas. Sin embargo, la eliminación en primera ronda ante los Knicks fue interpretada por McCloskey como un nuevo reto. Para seguir creciendo tenía que dar una vuelta de tuerca más. Era el momento de tomar decisiones difíciles.

Los verdaderos Pistons

“Muchos equipos terminan por quedar en tierra de nadie. Tienen un equipo bastante bueno, pero sus selecciones de draft no son tan buenas y terminan por languidecer en mitad de la manada. O haces algunos movimientos o te quedas estancado ahí durante mucho tiempo.”

Había reclutado a Isiah Thomas y Kelly Tripucka. Dos golpes maestros le habían casi regalado a Vinnie Johnson y Bill Laimbeer. Su mal balance en Cleveland había propiciado la contratación de Chuck Daly. Su equipo miraba de nuevo a la cara a los playoffs. Y aún así era insuficiente, como demostrarían las posteriores eliminaciones en Semifinales de Conferencia ante Boston (1985) y nuevamente en primera ronda (1986), en esta ocasión ante Atlanta. Ese mismo verano, McCloskey firmaba una de sus jugadas más arriesgadas. “Kelly fue un jugador sobresaliente para nosotros, pero no un jugador con presencia interior. Adrian, pese a su tamaño, era un jugador poderoso dentro, así que esa fue la diferencia y el por qué del intercambio.” El general manager enviaba a su mejor anotador, Tripucka, y a Kent Benson a Salt Lake City para hacerse con los servicios de Adrian Dantley, un realizador aún mayor.

Paralelamente, el draft volvía a sonreír a Trade Jack tras varios años aciagos. En 1985 incorporaba a Joe Dumars mediante su 18º elección y un verano después, el mismo de la operación por Dantley, hallaba petróleo con John Salley (11º) y Dennis Rodman (27º). Además, aterrizaban en calidad de agente libre procedente de Filadelfia las rudas artes comunicativas de Rick Mahorn, pareja de baile perfecta en la pintura de las artimañas de Laimbeer. “Cuando Rick y Bill estaban en la zona sabías que ibas a salir molido”, declararía años después Pat Ewing.

Estas maniobras ayudaron a los Pistons a dar el salto definitivo como serios candidatos al campeonato. En las dos siguientes temporadas, los de Michigan sumaron 52 y 54 victorias, respectivamente. En 1987 cayeron derrotados en el séptimo partido de las Finales del Este ante los Celtics tras aquel robo de pillo de Bird a Thomas en el quinto encuentro.

En 1988, les sobró el minuto final ante los Lakers en el sexto partido y perdieron las Finales en el séptimo y definitivo celebrado en The Forum. “Esas dos derrotas fueron devastadoras para mí. Lo teníamos en nuestras manos y cometimos errores. Dos errores que nos costaron dos campeonatos”, dijo McCloskey. “Pero nos abrió los ojos. Muy pocos equipos podrían regresar después de dos resultados tan desastrosos y ganar dos campeonatos.”

Y por fin… la gloria

Los Pistons se mudaron al Palace de Auburn Hills coincidiendo con el inicio de la temporada 1988-89. Y probablemente fue lo mejor. Atrás quedaba el Silverdome y demasiados episodios dolorosos entre sus paredes de hormigón. Un nuevo hogar que McCloskey se encargó personalmente de ‘adornar’ para la causa con otra de sus habituales sacudidas desde los despachos.

La destreza de Dantley como anotador fue la principal razón por la que el dirigente lo había traído a Detroit. Tres temporadas después, la irrupción de Dumars y el mayor reparto de responsabilidades ofensivas precisaban de un mayor movimiento del balón. O, lo que es lo mismo, menos balones para Dantley en el poste. El alero, ya bastante huraño, reservado y poco social, mostró su descontento ante compañeros, cuerpo técnico y staff ejecutivo. Pero McCloskey no iba a pasarle una más. Y, mucho menos, permitir que desestabilizara el proyecto. “Tienes que sentarte con Chuck [Daly] y resolver cualquier problema que tengas con él. Si no lo haces, te traspaso.”

Dantley, quizá interpretando aquel ultimátum como un farol, no reculó y el general manager cumplió su amenaza. El 15 de febrero de 1989 se consumaba el intercambio Dantley-Aguirre con los Mavericks. Hasta entonces presentaban un balance de 32-13. En los siguientes cuatro meses solo perdieron ocho partidos y registraron un récord de 44-6, con Aguirre en el quinteto inicial. El alero, a diferencia de Tripucka y Dantley, aceptó un rol secundario desde su llegada y los Pistons hallaron la pieza definitiva en su camino hacia el campeonato. Primero fueron los Celtics. Posteriormente los Bucks. Ambas eliminatorias fueron cerradas por la vía rápida. Tan solo los Bulls lograron poner algo de resistencia (4-2) antes de barrer a sus verdugos el año anterior, los Lakers, con otro 4-0. Por primera vez en la historia, Detroit era campeón de la NBA.

El equipo, con 59 victorias en regular season, repetiría la hazaña al siguiente año tras superar a los Bulls en las Finales del Este en una maratoniana serie a siete partidos, y a los Blazers en la gran final (4-1). “Nos sentimos muy emocionados por el hecho de que construimos un equipo que ganó dos campeonatos consecutivos. Es algo increíble. Si hubiéramos ganado esos dos partidos anteriores [contra Boston y Los Ángeles], aquellos Pistons estarían considerados como uno de los mejores equipos de todos los tiempos.”

Todo tiene un final

McCloskey había creado a sus Pistons con el claro propósito de destronar a los dos acaparadores de la década de los 80: los Celtics y los Lakers. Y lo lograron. Sin embargo, esta misma filosofía los dejó vulnerables ante los nuevos aspirantes que poco a poco iban exigiendo su dosis de protagonismo. Unos aspirantes que, a su vez y como habían hecho ellos mismos previamente, se armaron para combatir su áspero y rudo estilo de juego. “No habríamos ganado seis campeonatos de no ser por aquellos Pistons”, sería la brillante explicación de Michael Jordan.

El reinado de dos años de los Pistons terminó en las Finales de Conferencia de 1991 con un barrido a manos de los Bulls, quienes, después de tres series de playoffs perdidas de forma consecutiva ante ellos, se tomaban la venganza y terminaban de una vez por todas con las denominadas Jordan Rules. Se abría, así, ante el mundo, una nueva era en la NBA a la que los Pistons de McCloskey no habían sido invitados. A medida que se consumían los últimos segundos de aquel cuarto partido, las cámaras de televisión mostraban como Thomas, Laimbeer y compañía abandonaban la pista sin dirigir ni un solo gesto o palabra a los nuevos dominadores de la liga. En silencio, sin inmutarse, les esperaba McCloskey, de pie en el túnel que conecta la cancha con los vestuarios. Allí sería donde McCloskey y Thomas, arquitecto y líder, despedirían para siempre a los Bad Boys primigenios, entre efusivas muestras de cariño de la afición del Palace.

En 1992, McCloskey dejaría el equipo para embarcarse en una nueva empresa a los mandos de los Timberwolves. Atrás dejaba un legado imperecedero, un equipo que había reunido a gran parte de los mejores jugadores de la historia de la franquicia. “Fue emotivo para mí. Este grupo de muchachos que ganó dos campeonatos fue finalmente derrotado. Sabía que sería duro para ellos. También lo fue para mí. Todo lo que hice fue mantenerlos unidos mientras pudieran jugar bien. Tan simple como eso.”

Y así es como se construye un equipo campeón. Señoras y señores, tomen nota.

(Fotografía de portada de Gregory Shamus/Getty Images)